
- No son micros, son envases. Prontito nos van a enlatar, y toditos vamos a ser vendidos, esperense no más -
Estaba en el paradero cuando oí que alguien decía eso. Me di vuelta para ver de quien manaban tales ideas, y cuando apenas había girado la cabeza vi a un mendigo.
Llevaba un raro tocado en la cabeza, muy al estilo monja para cubrirse el pelo, solo que este lo hacía con una gastada y raída falda. Llevaba un báculo, y habría pasado por el de un pastor, sólo que éste era de un refulgente pvc anaranjado y en su cima llevaba un pequeño avioncito plástico. Sus cejas habían crecido al punto de confundirse con persianas, sus dientes semejaban un nácar bronceado, por la falta de limpieza, y su cara estaba manchada y erosionada por la vida en la calle. Su cuerpo parecía hecho por un escultor ciego que recientemente se estuviera iniciando en este arte y sus ropas parecían hechas de trapos que no conocían más que penurias.
Así pues, este extravagante personaje sermoneaba a los estacionarios peatones que esperaban la micro, asustaba a algunos, divertía al punto de la carcajada a otros.
- Ríanse no más, ríanse - Apuntaba con el dedo a cada uno de los presentes -, ya me reiré yo cuando los vea en la vitrina de una tienda, con un precio encima de ustedes. Ahí se acordarán de mí los insensatos -
Las carcajadas iban en aumento, sólo cesaron cuando se diviso a lo lejos el blanco-línea-verde de la micro y todos comenzaron a hacer la fila para abordar esta articulada nave.
El verdejo quedó abajo y siguió por unos metros a la micro que avanzaba a paso lento gritando
- ¡Ya van a ver, ya van a ver, insensatos, ya van a ver! -
Unos meses después de este hecho de el mendigo nada había cambiado. Todos seguíamos haciendo la misma fila en el mismo paradero, a la misma hora los mismos días.
Subimos a la ya conocida micro y ésta tomó su camino, largo y lento.
La micro continuó su curso tranquilamente, repletamente. Se internó en un oscuro túnel, avanzó algo así de cien metros y paró. todas las cabezas se volvieron al conductor o , por lo menos, a su asiento. El conductor no estaba. Se apagaron las luces y se dio paso al pánico. La micro era una olla de grillos, repleta de chillidos y lamentos.
Entonces pasó algo. Una sacudida, primero pequeña, luego mas grande y una ultima enorme.
Alguien gritó
- ¡Está temblando! - y una avalancha de gritos me perforó los oídos.
Caí y perdí el conocimiento.
Luego de lo que habrá sido, que se yo, una hora, desperté, pero al mirar a mi alrededor me di cuenta que no era el único que recién despertaba, la mayoría, si no todos, estaban despertando.
Nos acercamos a las ventanas del bus y por el lado que nos acercamos estaban tapadas por algo así como una cinta de esas que usan para las propagandas, las que ponen en el metro y todo eso.
En ella estaba escrito en grandes dígitos un número, no se si diez mil o cien mil, no entendí bien los números, estaba algo mareado.
Nos acercamos a las ventanas del otro lado y pudimos ver una gigantesco lugar, donde brillaban pendones de colores que decían "Oferta de la semana" y de éstos salían unas flechas que indicaban el bus.
Me tomé la cabeza con las dos manos, pensé que tenía que estar soñando
- Sí, tiene que ser un sueño, una pesadilla - me dije.
Cuando miré de nuevo por las ventanas pude ver un tubo de pvc con un avioncito y una falda tiradas no muchos más allá de nosotros.